domingo, 23 de julio de 2017

"Postverdad" en el año 64 AD: para quienes repiten el simplismo de que estamos en la era de la "postverdad"

Todos los días se oye repetir la tontería facilista aquella según la cual vivimos en la era de la "postverdad" en política, cosa  que muchos reciben como dogma solo porque lo dijo The Economist.

Como escribí aquí hace seis meses, la mentira y su uso estratégico son parte central de la política humana desde los tiempos antiguos. Tal vez lo único que haya cambiado es su velocidad potencial de expansión, gracias a la tecnología. 

Candida Moss, profesora de Notre Dame dedicada a investigar la cristiandad primigenia, y autora del libro El Mito de la Persecución, trae un fascinante ejemplo (para nada único) del uso de mentiras con un objetivo político o propagandístico, en este caso del año 64 de la era cristiana. Se puede leer aquí

lunes, 26 de junio de 2017

Pericles el expansionista fiscal, según Plutarco

No son nuevas las políticas de estímulo económico a través del gasto público, de la expansión fiscal, y al parecer su mecánica se conoce desde la antigüedad.

Plutarco, el gran biógrafo griego del siglo I, dice lo siguiente en su biografía de Pericles:

"Más aún, él [Pericles] argumentaba que, tan pronto la ciudad ha provisto adecuadamente sus necesidades militares, debe utilizar los excedentes que ha acumulado en iniciativas que, al estar completadas, traerán a la ciudad gloria eterna, y mientras se desarrollan traerán prosperidad inmediata, en cuanto generarán todo tipo de trabajos y una amplia serie de requerimientos, los cuales, al estimular todas las artes y los oficios, y al poner todas las manos en movimiento, ponen a casi toda la ciudad a recibir salarios, de modo que la ciudad, al tiempo que se embellece, se mantiene gracias a sus propios recursos". 

Cita de Greek Lives, Oxford World Classics, p. 155 [12].

domingo, 11 de junio de 2017

Vamos a cometer una gigantesca torpeza

Los colombianos estamos a punto de cometer una gigantesca torpeza. Por increíble que parezca, todo indica que la contienda presidencial de 2018 tendrá otra vez como tema central a las Farc. Parece que el proceso de paz no hubiera servido para que avanzáramos en nuestra definición de prioridades como sociedad. Y de nuevo entonces estamos discutiendo sobre las Farc, cuando deberíamos estar hablando de superación de la pobreza; de llenar el país de vías terciarias; de los desafíos demográficos y financieros del sistema pensional; de modernización y productividad de una economía que lleva 30 años cualitativamente estancada (y cuya gran esperanza ahora es exportar aguacate...); de inversión en ciencia (nuestros niveles mediocres nos están condenando a seguir estancados); de modernización cualtivativa y expansión cuantitativa de la educación; de metros para las ciudades; y sobre todo, de reforma del sistema político para evitar que el clientelismo y la corrupción sigan saqueando el país.

Estas deberían ser las grandes prioridades de la agenda nacional. Pero no. Resulta que las fuerzas se están alineando entre los que prometen defender el acuerdo de paz y los que amenazan hacerlo trizas. Qué gigantesca estupidez. Cuánta ceguera hay en esa dicotomía, que a mi modo de ver se debería resolver desde una perspectiva pragmática, basada en dos constataciones elementales: primera, que el acuerdo de paz es irreversible, es ya una realidad que se está cumpliendo, y cualquier sugerencia de desconocerlo nos pondría en el nivel más grosero de quienes ni siquiera son capaces de cumplir su palabra; y segundo, que sí es necesario que la implementación se ejecute bajo una vigilancia estricta para evitar abusos, reciclaje de violencias, lavado de fortunas ilícitas, y amnistías a criminales comunes. Que se haga esto con el acuerdo, que se le vea desde una perspectiva pragmática, y que Colombia pueda seguir adelante con lo que deberían ser sus temas prioritarios.

"Menos política, más administración", decía Rafael Reyes a principios del siglo XX (ni siquiera él lo logró). Y aquí seguimos, dedicados a las discusiones políticas (ahora concentradas en el acuerdo de paz) y volviendo a dejar atrás nuestras verdaderas tareas de desarrollo.  Y mientras en Corea o Singapur cualquier decisión la piensan a 30 o 50 años, aquí no somos capaces de ver más allá de la polémica matutina. Así las cosas, nada garantiza que en 2022 otra vez los candidatos no estén hablando de lo mismo, quién sabe ya con qué pretexto. Por ahora, 2018 es la mejor oportunidad de romper ese ciclo: no la dejemos pasar. 

martes, 6 de junio de 2017

El sector extractivo no entiende (ni quiere entender) las consultas populares

En 1792, cuando sorpresivamente las tropas de la Francia revolucionaria detuvieron en la batalla de Valmy a los ejércitos de Prusia y del Imperio Alemán, el escritor J. W. Goethe, que viajaba con los nobles alemanes, les dijo a estos: "Ustedes, hoy, en este lugar, han presenciado el advenimiento de una nueva era de la historia". El sector extractivo colombiano, representado en el Ministerio de Minas, la industria minera y petrolera, y una serie de amigos, consultores y columnistas que le son afines, necesita que alguien le diga la verdad, y le diga una frase similar a la de Goethe: lo que ustedes vieron en Cajamarca y Cumaral es la llegada de una nueva era, y la era anterior no va a volver.

En efecto, aquello que la industria extractiva añora, a saber, la era cuando desde unas salas en Bogotá se trazaban líneas en los mapas y se decía "aquí se hará una mina de tal cosa" o "aquí se explorarán y eventualmente se explotarán hidrocarburos" es una era que está quedando en el pasado y que no va a volver. Para bien y para mal (porque también soy consciente de los abusos) la ciudadanía no tolera que se siga decidiendo desde la lejanía, y únicamente con consideraciones macro (regalías, impuestos, aporte al crecimiento) la ejecución de actividades cuyo impacto se siente allí donde ellos viven. Y cualquiera que haya conocido de primera mano los sectores de minas y petróleo sabe que, incluso allí donde estas actividades se practican con los mejores estándares, hay impactos muy drásticos y considerables.

¿Pero cuál es la tónica del sector extractivo frente a este cambio? Es la tónica de la negación y el pataleo. Se siguen apegando a minucias legales, tratando como problema jurídico lo que es un problema político y social. Así, el Presidente de la Asociación Colombiana de Petróleo, por ejemplo, dice que las consultas "no son vinculantes". En esa línea sigue declaraciones del Ministro de Minas, quien también está en estado de negación. Y el pataleo corre por cuenta de consultores y columnistas, que, en lugar de decirles la verdad a las empresas y a las autoridades, se quejan en letanías repetitivas, estilo "así a dónde vamos a llegar", "es que esto no puede ser", "así quién va a invertir", etc, etc.

En lo que todos deberíamos estar trabajando es en encauzar de manera constructiva este cambio de época, este nuevo poder ciudadano. Y lo digo porque, habiendo trabajado ya varios años en el tema de los conflictos entre empresas y sus grupos de interés, sé que el panorama no es blanco y negro. Del lado de las autoridades locales, de los políticos regionales, y de muchas organizaciones comunitarias locales, hay fenómenos endémicos de presión extorsiva, de captura de rentas, de búsqueda de negocios, y de conversión del derecho al trabajo en un negocio manejado por líderes comunales. Y en segundo lugar, porque tampoco es sano irnos al otro extremo: así como es erróneo decidir desde Bogotá la suerte de las regiones, municipios y veredas, es también erróneo pretender que las comunidades puedan tener derecho absoluto de veto sobre lo que es un asunto de interés nacional.

Como escribí después de la consulta de Cajamarca, necesitamos un procedimiento de decisión que sea organizado por el Estado, y mediante el cual se haga una integración de los intereses de todas las partes involucradas: comunidades, ciudadanos locales disidentes, dirigencia local, Estado colombiano, empresas, académicos, etc. E insisto, debe ser un procedimiento formal, no una simple asamblea eterna de deliberaciones sin reglas. Para eso existen ejemplos y herramientas que van desde la teoría de la negociación hasta la teoría de juegos. Pero se puede hacer, y su resultado debe ser vinculante para las dos partes. De lo contrario, seguiremos atrapados en esta absurda e improductiva polarización.

sábado, 3 de junio de 2017

Pequeña taxonomía de opositores a la lucha contra el cambio climático

Algo que sorprendería al lector, en vista de la condena casi universal que ha recibido Trump por retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París, es que existe un sector donde el sentimiento es casi unánimemente el contrario: la derecha estadounidense. Esta, en casi todas sus vertientes y en casi todos sus sectores, profesa una de varias especies de rechazo a la lucha contra el cambio climático. Así, la decisión de Trump recibió aprobación casi unánime en la derecha de su país, incluso en los sectores que han criticado y combatido a este Presidente (los "never-trumpers"): la National Review, por ejemplo, bastión del conservatismo pero fuerte opositora de Trump, aplaudió su anuncio.

Por razones de trabajo, en años anteriores frecuenté y conocí bastante a los diversos círculos de la derecha estadounidense, incluyendo conservadores tradicionalistas, conservadores económicos, libertarios, originalistas, confederados, etc. A partir de esos recuerdos, voy a ensayar hacer una taxonomía amateur de las diferentes posiciones a partir de las cuales se rechaza la lucha contra el cambio climático.

Y empiezo esta taxonomía por definir tres grandes familias, a las que llamaré negacionistas, indiferentistas y aceptacionistas (y en cada una hay varias especies). Los primeros niegan que el fenómeno ocurra; los segundos parecen indiferentes a su ocurrencia; los terceros aceptan que ocurre pero, por una de varias razones, no consideran que haya que luchar contra él. Veamos:

1. Negacionistas
Aquí agruparemos a todos los que, por una u otra razón, niegan que el cambio climático esté ocurriendo o vaya a ocurrir. Identifico aquí estas vertientes (algunas de ellas bastante delirantes):

  • Negacionismo creacionista: Su argumento procede de esta manera: "Dios, al crear el universo, nos entregó la Tierra y toda la naturaleza para que hiciéramos con ella nuestra voluntad. Ese es el orden de las cosas, y está garantizado por Dios: nada malo va a pasar". Obsérvese que es un argumento axiomático: parte de un primer principio y deriva una imposibilidad lógica: "es imposible que pase algo malo en la Tierra porque Dios nos la dio y dijo que podíamos hacer con ella lo que quisiéramos". Créanme, esta línea de pensamiento existe. A la famosa Ann Coulter le oí alguna vez este argumento en televisión.
  • Negacionismo paranoide: En esta visión, se sostiene que el cambio climático es una mentira, un engaño (hoax) cuyo propósito es someter a Estados Unidos o destruir el capitalismo. Aquí también hay varias subvertientes: los que dicen que esto se lo inventaron unos académicos y que todos los académicos son socialistas; los que creen que es un invento de China (Trump varias veces lo dijo); y y los que creen que, caído el bloque comunista, la izquierda se ha dedicado secretamente a conspirar contra el capitalismo inventando recursos como este. Créanme, esto también existe. 
  • Negacionismo pseudocientífico: Hay quienes sostienen que el cambio climático no existe, y se apoyan en argumentos de apariencia científica, aunque sin ofrecer evidencia sistemática. Hay quienes, por ejemplo, sostienen que los ciclos astronómicos indican el advenimiento próximo de lo contrario, de una nueva era glacial. Hay quienes sostienen que el aumento en las temperaturas no está científicamente probado; y hay quienes afirman que, aun si lo está, corresponde a un ciclo de corto plazo que terminará pronto. Y claro, hay quienes se apoyan en fenómenos puntuales de baja temperatura (un invierno fuerte, una tormenta de nieve) para decir que no hay calentamiento atmosférico. 

2. Indiferentistas
Aquí agrupamos a quienes ni siquiera parecen preocuparse por la cuestión de si el cambio está ocurriendo o no, y apuntan a lo que ellos consideran consecuencias perjudiciales de las medidas para combatirlo. A diferencia de la familia anterior, poblada por locos y paranoides, en esta pueden encontrarse personas y sectores con una apariencia bastante normal:

  • Indiferentismo economicista: Hay sectores, muy importantes e influyentes, que rechazan medidas como el Acuerdo de París por el impacto que supuestamente tendrían en la economía estadounidense: ven allí limitaciones a la capacidad productiva general, posibles impactos recesivos en los patrones de consumo, y un perjuicio para el sector energético. Estas ideas se profesan en los sectores más aparentemente respetables de la derecha: no es el loquito que en su blog dice que Dios nos regaló la tierra, sino señores y señoras muy bien vestidos en salones elegantes. Por ejemplo el llamado Club for Growth, y su ex director Stephen Moore (asesor de Trump) caben en esta categoría. 
  • Indiferentismo juliansimonista: El nombre abstruso viene de Julian Simon, el gran optimista por excelencia que murió en 1998: un economista antimalthusiano que se dedicó a compilar series estadísticas para mostrar que todo en el mundo va mejor. Y como en muchas cosas tenía razón, hay un sector de indiferentistas que, por la misma vía, consideran que en general la tendencia del mundo es hacia un estado cada vez mejor: en cuanto a pobreza, salud, educación, y cómo no, medio ambiente. Así que no hay de qué preocuparse. 
3. Aceptacionistas
Aquí agruparé a varios sectores que de una u otra manera aceptan que el cambio climático es una realidad, pero creen que las medidas propuestas para controlarlo (como las del Acuerdo de París) son un error:
  • Aceptacionismo adaptabilista: Lo parafraseo así: "el cambio climático existe pero luchar contra él no tiene sentido, lo que hay que hacer es adaptarse, construir capacidad de adaptación". Esta vertiente, influida por una visión clásica de la economía, subestima los costos de la adaptación (como si fuera así de fácil que sociedades enteras, ciudades completas, por ejemplo, simplemente se fueran para otra parte). Ahora bien: me consta que ciertos sectores de la industria petrolera empezaron a promover y financiar esta visión, cuando ya se les hizo insostenible continuar apoyando al negacionismo puro. 
  • Aceptacionismo priorizacionista: Son los discípulos de Bjorn Lomborg, el famoso danés que en 2001 publicó El ambientalista escéptico. La tesis de este sector puede parafrasearse así: "Sí hay cambio climático, pero la humanidad tiene otros problemas que son prioritarios, y es un error destinar recursos y esfuerzos a combatir un problema aún incipiente, en vez de combatir los que sí tenemos: el hambre, la malaria, el VIH, la falta de agua potable, etc". Lomborg formó una organización llamada Consenso de Copenhague para identificar los problemas más prioritarios de la humanidad. 
  • Aceptacionismo optimista: Aquí también hay seguidores de Julian Simon, o de su línea de pensamiento. Es algo así como "Sí, el calentamiento global es una realidad, pero lo vamos a superar, como hemos superado otras crisis ambientales, gracias a la innovación, la tecnología y el avance científico". Estos optimistas suelen señalar crisis ambientales del pasado que fueron superadas, no coartando el capitalismo sino gracias a sus propios desarrollos: cuentan, por ejemplo, cómo en el siglo XIX y principios del XX, cuando las fábricas y los trenes funcionaban con carbón, sobre las ciudades había siempre grandes nubes negras, cosa que se fue superando con el advenimiento de la tecnología, y de métodos más eficientes y limpios de producción. El problema de esta visión, al menos desde mi punto de vista, es que equivale a confiarle nuestra supervivencia como humanidad a una expectativa que no tiene otra base que lo que ha ocurrido antes. ¿Y qué tal que esta vez no suceda? Es perfectamente posible. 
  • Adaptacionismo evangélico: Y no podía faltar el espacio para los loquitos. Tim Walberg, representante a la Cámara por Michigan, dijo hace tres días que si el calentamiento global existe, Dios lo solucionará...

viernes, 2 de junio de 2017

Zero-sum Trump

En todo: en economía, comercio, defensa, medio ambiente, alianzas políticas, etc., Trump procede a partir de una visión a la que sería incluso incorrecto llamar infantil. Es más bien primitiva: es la forma más radical de ignorancia en cuanto a las relaciones entre humanos, entre comunidades y entre naciones. Consiste en ver todo en el mundo como un "juego de suma cero", es decir, un juego donde toda ganancia que alguien logre debe necesariamente corresponder a una pérdida que otro u otros sufran: si yo gano $ 100 es porque se los quité a alguien, y si mi contraparte gana $ 100 tiene que ser que me los quitó a mí. Así lo dijo ayer, al anunciar que retira a Estados Unidos del acuerdo de París: según Trump, dicho acuerdo "...pone en desventaja a Estados Unidos, sólo para ganar el aplauso de aquellas capitales extranjeras y aquellos activistas globales que han buscado desde hace tiempo ganar riqueza a costa de nuestro país".

El mismo desacierto permea su concepción del comercio, y le lleva al error primitivo de creer que toda importación es una pérdida para quien importa en favor de quien le vende: el mundo, visto así, tiene una cantidad limitada de riqueza, y lo que hay que hacer es tomar la porción más grande que se pueda.

Trump no entiende el concepto de cooperación. Trump no entiende cómo se crea riqueza a través de las relaciones económicas, cosa que Adam Smith le podría haber explicado en 1776, cuando escribió que, por efecto de la división del trabajo y del interés propio, las transacciones económicas crean riqueza, no se limitan a repartir la que existe. Tampoco entiende el hecho de que las alianzas políticas, con todo el costo financiero que puedan tener, crean condiciones que son beneficiosas para todos los involucrados en ellas (y a veces para el resto del mundo). Como se dice hoy, crean bienes públicos internacionales o globales. Pero esto es demasiado pedir para una comprensión tan primitiva como la de Trump: él no entiende, por ejemplo, que una alianza como la OTAN tiene como fin crear unas ciertas condiciones que benefician a sus miembros, y entonces lo único que le interesa es ver cuánto pagan de cuota los países integrantes y cuánto paga Estados Unidos.

Ahora bien, el supuesto gran negociador que dice ser Trump no entiende nada de negociación. Porque si hay algo que saben los verdaderos negociadores en todo ámbito (comercial, legal, político) es que una buena negociación es un ejercicio cuyo fin es que todos los involucrados ganen; no es, como cree Trump y como cree el burdo negociante callejero, un ejercicio donde yo gano a expensas del otro, y donde si el otro gana algo es porque me lo quitó a mí. Los grandes negociadores empresariales crean riqueza allí donde no existía. Los grandes negociadores políticos crean nuevas y mejores condiciones para todos los involucrados.


martes, 30 de mayo de 2017

Por qué escribí que los liberales nos equivocamos

Escribí un tweet sobre el cual varios amigos me han pedido explicación. Breve incluso para Twitter, decía: "Los liberales estábamos equivocados, y MacIntyre tenía razón". Y lo escribí como producto suelto de una reflexión que cada vez me viene más a la mente.

El nombre que allí menciono es el de Alasdair MacIntyre, filósofo escocés, autor de libros como Tras la virtud. Pero en realidad no estaba pensando sólo en él: lo mencioné tal vez como ejemplo de una serie de pensadores que, en las últimas décadas, han señalado que la concepción liberal e individualista de la sociedad y el Estado no sirve para fundamentar la construcción de una sociedad sólida y capaz.

El liberalismo es muy fuerte, casi imbatible, cuando está en su terreno, es decir cuando se ubica en un marco formado por dos cuestiones. Primero, la de qué relación debe haber entre el poder y los individuos. Y segundo, la de cuál debe ser el orden político que gobierne a una sociedad donde hay pluralidad de visiones de las cosas (incluso a nivel individual). Allí el liberalismo responde, primero, con el imperativo de que los individuos sean protegidos del poder, de sus abusos y de sus manifestaciones enfermizas. Y segundo, responde con el imperativo de que el sistema sea lo suficientemente abierto y tolerante como para que en él puedan convivir todas las diferentes visiones de la vida y de lo bueno.

Hasta allí, insisto, sigo encontrando que el liberalismo es casi imbatible. Pero el mundo de lo social y lo político no se agota en esas dos preguntas, y hay una en particular que se queda sin respuesta, y es la de cómo se construye una sociedad capaz de asumir desafíos colectivos, capaz de alcanzar logros colectivos, y capaz de sostener su propia cohesión.

El liberalismo suele eludir estos temas apelando a la propia delimitación de su alcance: "esto no es tema mío, esto no es un tema político sino social, familiar, educativo, etc". Yo intuyo que la realidad es otra: que el liberalismo elude estas cuestiones porque teme profundamente a todo aquello que suene a esfuerzo colectivo; y lo hace por una cierta paranoia: la de presumir que en todo aquello que sea colectivo hay un potencial de abuso de poder y de supresión de la individualidad (hay quienes lo ven como inevitable e inexorable).

Hoy por hoy yo, que fui una especie de radical individualista y liberal, hoy estoy convencido de que ninguna sociedad vive solamente de libertades: ser una sociedad libre no es un atributo suficiente para ser una buena sociedad (aunque sí necesario). Las libertades son esenciales, y no hay que ahorrar un solo esfuerzo para promoverlas y protegerlas. Las libertades hacen justa a una sociedad, pero no la van a hacer capaz ni sólida. Hace falta algo más, y pareciera como si a mis propias manos, tan acostumbradas a escribir en favor del liberalismo, les costara trabajo decirlo: hacen falta virtudes sociales. Puede haber una sociedad de individuos libres, suficientemente protegidos del abuso de poder, y respetados en su diversidad; pero si ello no se complementa con el cultivo permanente de virtudes, la sociedad será infértil, no producirá nada ni logrará nada. El idea de una sociedad comercial, tan apreciado por los liberales (por atributos ciertos como la libertad y la paz) bien puede ser una sociedad sin logros. Y peor aún, es una sociedad en constante peligro de virar hacia expresiones vulgares o extremas en la política, porque la mera posesión de libertades ni siquiera es suficiente para satisfacer los apetitos de la vida política individual.

El gran desastre que es Donald Trump, por ejemplo, me parece indicativo de que en esto fracasó la sociedad norteamericana. Semejante degradación del aparato político, la cual no sabemos aún si es reversible o no, es indicativa de un proceso anterior de erosión de la virtud social. No me parece extraño que en una sociedad donde, por regla general, la vida consiste en comprar cosas baratas, ver pésima televisión, comer comida chatarra, trabajar sin mayor ánimo, y jamás de los jamases leer un libro, o ver una buena película, o interesarse por el arte o por la música; no me extraña, digo, que un fenómeno como el de Trump emerja de esa sociedad. No me extraña que el fenómeno Trump emerja en la misma sociedad en la que triunfó Kim Kardashian. No me extraña que el fenómeno Trump surja en una sociedad donde la gran mayoría ignora lo mínimo acerca del mundo, y muchos ni siquiera logran ubicar su propio estado en un mapa.