miércoles, 18 de octubre de 2017

¿Le preocupa que las Farc lleguen al poder en 2022? Esto es lo que haría que eso suceda

Si a usted le preocupa que las Farc y sus aliados lleguen al poder, y empiecen a desarrollar en Colombia políticas similares a las de ese desastroso gobierno de Venezuela que ellos tanto admiran, pregúntese lo siguiente: ¿qué es lo que haría que los colombianos, eventualmente, opten por una alternativa política radical como esa? A mi parecer, son dos cosas:

1. Que el desprestigio del sistema actual y sus instituciones siga creciendo, y llegue a niveles ya intolerables.

2. Que la gente se convenza de que el sistema es incapaz de autorreformarse: que la solución no va a venir desde adentro.

La conjunción de estos dos factores fue lo que llevó a los venezolanos a optar por Chávez en 1999. De hecho, ya los había llevado a ver favorablemente su violenta tentativa de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992. Los venezolanos estaban hastiados de la corrupción en el gobierno, en el legislativo y en la justicia. Y se convencieron de que el sistema no se iba a reformar a sí mismo.

Un escenario así podría presentarse en Colombia en 2022. Ya los niveles de desaprobación de las instituciones están en niveles críticos y las alcanzan a todas: Congreso, Gobierno, y Justicia. Las altas cortes, que algunas vez fueron vistas con respeto, y fueron consideradas baluarte de dignidad, ya también revelaron una gran faceta corrupta, y han perdido la credibilidad. Usted, lector, podría replicar que las Farc también tiene alta desfavorabilidad: yo le pediría que no mire el número sino la tendencia: mientras la imagen desfavorable de las instituciones públicas va en aumento, la imagen desfavorable de las Farc ha venido cayendo desde junio de 2015, cuando estaba en 93%, y desde febrero de 2016 nunca volvió a estar por encima del 90% (Gallup Poll).

Solo nos queda un recurso, y es mostrar que el sistema puede autorreformarse. Por eso, creo y sigo creyendo que el verdadero "gobierno de transición" sería uno que exacerbe la descomposición y la corrupción institucional, y haga perder a los colombianos la fe en que desde adentro nos podemos reformar. Perdida esa fe, se le abrirá la puerta a las alternativas radicales. 

jueves, 5 de octubre de 2017

"Compromise": el arte de lo posible vs. lo ideal (en la política, en las relaciones humanas, en la acción individual)

El 22 de marzo de 1775, en la Cámara de los Comunes de Londres, un parlamentario pidió la palabra para hacer una propuesta y presentar los argumentos en su favor. El momento era de extrema tensión, pues el Imperio Británico enfrentaba un singular desafío: la insurrección de las colonias norteamericanas. Ante este tipo de hechos, los imperios suelen reaccionar instintivamente mediante el uso de su poder, empleando su fuerza para aplacar los ánimos rebeldes. Y se vuelve casi una herejía sugerir lo contrario. Pero ese día de marzo quien tomaba la palabra no era un parlamentario cualquiera: era Edmund Burke, quien pasaría a la historia como filósofo y pensador. Él se permitió la herejía: él se permitió sugerir un camino diferente al uso de la fuerza frente a la rebelión norteamericana. Propuso el camino del compromise.


Compromise es esa magnífica expresión del habla inglesa, rica a más no poder en significado, para la cual nos hace falta un equivalente en el español (así lo expliqué en una columna reciente). Y hace falta porque, pese a que en español tenemos expresiones que se aproximan a aspectos parciales de lo que significa compromise, ninguna de ellas alcanza su riqueza expresiva. Tal vez porque significa mucho más que un simple hecho, mucho más que una acción o el producto de ella. Lo que significa realmente es una filosofía de vida, una actitud frente a los problemas, en especial frente a aquellos que entrañan el conflicto entre valores diversos, o el eterno conflicto entre lo ideal y lo posible. Es, como dice John Carlin, “una actitud práctica y generosa frente a la vida”.


Podríamos decir, resumiendo un poco, que en sentido estricto la expresión compromise designa principalmente dos cosas. Como verbo, significa el acto, bilateral o colectivo, de solucionar un problema mediante un acuerdo cuya característica es que las partes deponen algunos de sus intereses. En el ámbito individual, también significa buscar una solución renunciando a parte de lo que son los intereses propios. Y como sustantivo, significa el acuerdo o la solución emanados de ese acto.


Pero como decíamos antes, la expresión encierra una sabiduría que va mucho más allá: es la sabiduría de lo posible, de lo práctico, de lo conveniente, y de la renuncia a lo ideal en pos de lo que es bueno y alcanzable. A nivel de sociedad, o a nivel de un grupo humano cualquiera, necesitamos hacer compromises para poder vivir juntos, pues la realidad de cualquier grupo humano es la diversidad de visiones y perspectivas sobre todos los temas. En las relaciones bilaterales, sean estas entre personas, entre Estados, entre organizaciones o entre empresas, la cooperación solo es posible si hay disposición, en cada una de las partes, a renunciar a su visión ideal de las cosas, para poder unir fuerzas con los demás en virtud de alcanzar logros u objetivos que, si bien pueden distar en algo del ideal originario, son sin embargo logros concretos y tangibles, benéficos para todos.


Pero este concepto, usualmente entendido en el ámbito de la política y las relaciones sociales, tiene también una poderosa relevancia en la esfera de la acción individual. Y la tiene por dos razones.


Primero, porque no es necesario ir al mundo de las relaciones sociales para encontrar diferencias, desacuerdos, conflictos entre valores, y divergencias entre perspectivas sobre cómo actuar. Ese mismo mundo, a veces caótico, lo encontramos dentro de cada individuo: dentro de mí hay multitudes, dice Walt Whitman. Cada ser humano siente y ha sentido cómo dentro de sí mismo se libran conflictos, no entre lo bueno y lo malo, no entre lo correcto y lo incorrecto, sino entre valores, visiones y perspectivas que son igualmente buenos pero no siempre compatibles. “Los valores fácilmente pueden chocar dentro del corazón de un individuo, y si así sucede, de ello no se sigue que unos sean verdaderos y otros falsos”, escribió el filósofo Isaiah Berlin. Y solo hay una manera posible de administrar ese constante enfrentamiento de valores, y es tomar decisiones; y cada decisión implica renunciar a algo, así sea parcialmente. Cada decisión implica un compromise.


Y segundo: porque con frecuencia, en nuestras acciones y en nuestros propósitos, los individuos nos vemos enfrentados al conflicto entre lo ideal y lo posible: entre la satisfacción absoluta e integral ( y seguramente inalcanzable) de un objetivo o un valor, o la renuncia a parte de él en virtud de alcanzar y consolidar logros que, si bien son imperfectos, son reales y tangibles. Y un acto de compromise, un acto de negociación consigo mismo, consiste en reconocer aspectos en los que podríamos ceder con respecto al ideal, para lograr un resultado que termine siendo, no solo beneficioso, sino concreto.


A un dilema similar pueden también enfrentarse las organizaciones y los gobiernos. Así, por ejemplo, para un imperio como el británico, el ideal en 1775 era la sumisión ininterrumpida e incuestionada de sus colonias: y ante un hecho de insurrección, el ideal era la restauración total de dicha sumisión. Pero hay un camino de sabiduría, y este no conduce a lo ideal sino a lo que es posible, concreto y bueno. Así, Edmund Burke, en ese discurso del 22 de marzo de 1775, propuso al Imperio Británico un camino de compromise: desistir de la pretensión de restaurar la sumisión absoluta, y buscar en cambio un entendimiento negociado con las colonias para que ellas siguieran haciendo parte del imperio, aun cuando en términos diferentes. Concediéndoles, por ejemplo, alivios en impuestos, y mayor participación en el gobierno. Renunciar al ideal en pos de un logro concreto: el de mantener una unión que era muy beneficiosa para Gran Bretaña.

Porque la sabiduría está en entender, como dijo Burke en aquel discurso, que “...todo provecho humano, toda virtud y todo acto prudente, se basan en el compromise y en el intercambio: balanceamos inconvenientes, damos y tomamos; renunciamos a algunos derechos para poder disfrutar de otros...”. A Burke no lo escucharon. Y resultado de ello fue el desastroso empeño del Imperio Británico por someter a los norteamericanos. Empeño que terminó en la declaración de independencia, la pérdida absoluta de las colonias, y el dolor de una fallida guerra de sometimiento.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Cuando me dicen que Trump sí es inteligente porque es billonario, contesto:

En diferentes ocasiones, cuando he cuestionado la inteligencia de Trump, o su capacidad como empresario, o su supuesta gran habilidad como negociador, me he encontrado con respuestas de este tenor: "¿Cómo se le ocurre, acaso no ve que Trump es billonario? ¿Cómo habría podido hacer esa fortuna si no fuera un inteligente empresario?", etc. La cuestión es que parece no haber tal gran fortuna.

Esto puede extrañar al lector, pues en Estados Unidos es usual conocer y revelar el monto de las fortunas de los ricos (a través de listas como las que hacen Forbes y Bloomberg). Pero en el caso de Trump hay una dificultad: sus empresas no están en la bolsa, y por tanto no están sujetas a las mismas obligaciones de revelar información a las que sí se someten Microsoft, Apple, Amazon, Facebook, etc. Y esto impide, además, hacer el más elemental de los cálculos: número de acciones (de su propia empresa) que posee la persona, por el valor de la acción en el mercado. En los casos de fortunas que no están en el mercado público, los periodistas y los investigadores tienen que recurrir a documentos privados y a testimonios, por lo cual el cálculo dependerá de que tan honestos son esos elementos.

En el caso de Trump, numerosos testimonios de conocedores de Wall Street vienen diciendo (desde los años ochenta) que él exagera su fortuna, y en particular, que tiene un muy elevado endeudamiento (cosa que él mismo tuvo que admitir hace unos 15 años).

Y al respecto hay una anécdota increíble:

En 2005, el periodista Timothy O'Brien publicó el libro TrumpNation, una investigación sobre la vida y los negocios del hoy Presidente. El libro dice muchas cosas muy graves sobre Trump, entre ellas que tuvo relaciones con la mafia. Pero decía además que Trump no era billonario como afirmaba, y que su verdadera fortuna oscilaba entre $150 millones y $250 millones de dólares. Trump demandó a O'Brien por difamación, no por las afirmaciones sobre sus negocios con la mafia, ni por aquellas sobre su vida marital, ni por muchas otras cosas graves que decía el libro, sino específicamente por decir que Trump no era billonario. Fue tal la ira de Trump, que pretendió una indemnización de $5.000 millones de dólares. Cuando en el juicio le preguntaron a Trump cómo hacía él para estimar el valor de su fortuna, dijo que con "feelings".

¿Cuál es la situación financiera actual de Trump? Nadie lo sabe. En los formatos de la campaña dijo tener una fortuna de $10.000 millones de dólares, cosa que, dados los antecedentes, nadie cree. Que Trump es adinerado, nadie lo duda: heredó una fortuna considerable de su padre, un rico empresario inmobiliario. Cómo haya administrado tal herencia es otra cosa (tal vez sería mucho más rico si simplemente hubiera metido su herencia a un fondo indexado). Yo me sigo sosteniendo en que no me parece ni inteligente, ni un maestro de la negociación (no se le ha visto esa habilidad), ni un gran empresario (quebró un casino, cosa que es casi una imposibilidad matemática).

domingo, 23 de julio de 2017

"Postverdad" en el año 64 AD: para quienes repiten el simplismo de que estamos en la era de la "postverdad"

Todos los días se oye repetir la tontería facilista aquella según la cual vivimos en la era de la "postverdad" en política, cosa  que muchos reciben como dogma solo porque lo dijo The Economist.

Como escribí aquí hace seis meses, la mentira y su uso estratégico son parte central de la política humana desde los tiempos antiguos. Tal vez lo único que haya cambiado es su velocidad potencial de expansión, gracias a la tecnología. 

Candida Moss, profesora de Notre Dame dedicada a investigar la cristiandad primigenia, y autora del libro El Mito de la Persecución, trae un fascinante ejemplo (para nada único) del uso de mentiras con un objetivo político o propagandístico, en este caso del año 64 de la era cristiana. Se puede leer aquí

lunes, 26 de junio de 2017

Pericles el expansionista fiscal, según Plutarco

No son nuevas las políticas de estímulo económico a través del gasto público, de la expansión fiscal, y al parecer su mecánica se conoce desde la antigüedad.

Plutarco, el gran biógrafo griego del siglo I, dice lo siguiente en su biografía de Pericles:

"Más aún, él [Pericles] argumentaba que, tan pronto la ciudad ha provisto adecuadamente sus necesidades militares, debe utilizar los excedentes que ha acumulado en iniciativas que, al estar completadas, traerán a la ciudad gloria eterna, y mientras se desarrollan traerán prosperidad inmediata, en cuanto generarán todo tipo de trabajos y una amplia serie de requerimientos, los cuales, al estimular todas las artes y los oficios, y al poner todas las manos en movimiento, ponen a casi toda la ciudad a recibir salarios, de modo que la ciudad, al tiempo que se embellece, se mantiene gracias a sus propios recursos". 

Cita de Greek Lives, Oxford World Classics, p. 155 [12].

domingo, 11 de junio de 2017

Vamos a cometer una gigantesca torpeza

Los colombianos estamos a punto de cometer una gigantesca torpeza. Por increíble que parezca, todo indica que la contienda presidencial de 2018 tendrá otra vez como tema central a las Farc. Parece que el proceso de paz no hubiera servido para que avanzáramos en nuestra definición de prioridades como sociedad. Y de nuevo entonces estamos discutiendo sobre las Farc, cuando deberíamos estar hablando de superación de la pobreza; de llenar el país de vías terciarias; de los desafíos demográficos y financieros del sistema pensional; de modernización y productividad de una economía que lleva 30 años cualitativamente estancada (y cuya gran esperanza ahora es exportar aguacate...); de inversión en ciencia (nuestros niveles mediocres nos están condenando a seguir estancados); de modernización cualtivativa y expansión cuantitativa de la educación; de metros para las ciudades; y sobre todo, de reforma del sistema político para evitar que el clientelismo y la corrupción sigan saqueando el país.

Estas deberían ser las grandes prioridades de la agenda nacional. Pero no. Resulta que las fuerzas se están alineando entre los que prometen defender el acuerdo de paz y los que amenazan hacerlo trizas. Qué gigantesca estupidez. Cuánta ceguera hay en esa dicotomía, que a mi modo de ver se debería resolver desde una perspectiva pragmática, basada en dos constataciones elementales: primera, que el acuerdo de paz es irreversible, es ya una realidad que se está cumpliendo, y cualquier sugerencia de desconocerlo nos pondría en el nivel más grosero de quienes ni siquiera son capaces de cumplir su palabra; y segundo, que sí es necesario que la implementación se ejecute bajo una vigilancia estricta para evitar abusos, reciclaje de violencias, lavado de fortunas ilícitas, y amnistías a criminales comunes. Que se haga esto con el acuerdo, que se le vea desde una perspectiva pragmática, y que Colombia pueda seguir adelante con lo que deberían ser sus temas prioritarios.

"Menos política, más administración", decía Rafael Reyes a principios del siglo XX (ni siquiera él lo logró). Y aquí seguimos, dedicados a las discusiones políticas (ahora concentradas en el acuerdo de paz) y volviendo a dejar atrás nuestras verdaderas tareas de desarrollo.  Y mientras en Corea o Singapur cualquier decisión la piensan a 30 o 50 años, aquí no somos capaces de ver más allá de la polémica matutina. Así las cosas, nada garantiza que en 2022 otra vez los candidatos no estén hablando de lo mismo, quién sabe ya con qué pretexto. Por ahora, 2018 es la mejor oportunidad de romper ese ciclo: no la dejemos pasar. 

martes, 6 de junio de 2017

El sector extractivo no entiende (ni quiere entender) las consultas populares

En 1792, cuando sorpresivamente las tropas de la Francia revolucionaria detuvieron en la batalla de Valmy a los ejércitos de Prusia y del Imperio Alemán, el escritor J. W. Goethe, que viajaba con los nobles alemanes, les dijo a estos: "Ustedes, hoy, en este lugar, han presenciado el advenimiento de una nueva era de la historia". El sector extractivo colombiano, representado en el Ministerio de Minas, la industria minera y petrolera, y una serie de amigos, consultores y columnistas que le son afines, necesita que alguien le diga la verdad, y le diga una frase similar a la de Goethe: lo que ustedes vieron en Cajamarca y Cumaral es la llegada de una nueva era, y la era anterior no va a volver.

En efecto, aquello que la industria extractiva añora, a saber, la era cuando desde unas salas en Bogotá se trazaban líneas en los mapas y se decía "aquí se hará una mina de tal cosa" o "aquí se explorarán y eventualmente se explotarán hidrocarburos" es una era que está quedando en el pasado y que no va a volver. Para bien y para mal (porque también soy consciente de los abusos) la ciudadanía no tolera que se siga decidiendo desde la lejanía, y únicamente con consideraciones macro (regalías, impuestos, aporte al crecimiento) la ejecución de actividades cuyo impacto se siente allí donde ellos viven. Y cualquiera que haya conocido de primera mano los sectores de minas y petróleo sabe que, incluso allí donde estas actividades se practican con los mejores estándares, hay impactos muy drásticos y considerables.

¿Pero cuál es la tónica del sector extractivo frente a este cambio? Es la tónica de la negación y el pataleo. Se siguen apegando a minucias legales, tratando como problema jurídico lo que es un problema político y social. Así, el Presidente de la Asociación Colombiana de Petróleo, por ejemplo, dice que las consultas "no son vinculantes". En esa línea sigue declaraciones del Ministro de Minas, quien también está en estado de negación. Y el pataleo corre por cuenta de consultores y columnistas, que, en lugar de decirles la verdad a las empresas y a las autoridades, se quejan en letanías repetitivas, estilo "así a dónde vamos a llegar", "es que esto no puede ser", "así quién va a invertir", etc, etc.

En lo que todos deberíamos estar trabajando es en encauzar de manera constructiva este cambio de época, este nuevo poder ciudadano. Y lo digo porque, habiendo trabajado ya varios años en el tema de los conflictos entre empresas y sus grupos de interés, sé que el panorama no es blanco y negro. Del lado de las autoridades locales, de los políticos regionales, y de muchas organizaciones comunitarias locales, hay fenómenos endémicos de presión extorsiva, de captura de rentas, de búsqueda de negocios, y de conversión del derecho al trabajo en un negocio manejado por líderes comunales. Y en segundo lugar, porque tampoco es sano irnos al otro extremo: así como es erróneo decidir desde Bogotá la suerte de las regiones, municipios y veredas, es también erróneo pretender que las comunidades puedan tener derecho absoluto de veto sobre lo que es un asunto de interés nacional.

Como escribí después de la consulta de Cajamarca, necesitamos un procedimiento de decisión que sea organizado por el Estado, y mediante el cual se haga una integración de los intereses de todas las partes involucradas: comunidades, ciudadanos locales disidentes, dirigencia local, Estado colombiano, empresas, académicos, etc. E insisto, debe ser un procedimiento formal, no una simple asamblea eterna de deliberaciones sin reglas. Para eso existen ejemplos y herramientas que van desde la teoría de la negociación hasta la teoría de juegos. Pero se puede hacer, y su resultado debe ser vinculante para las dos partes. De lo contrario, seguiremos atrapados en esta absurda e improductiva polarización.