lunes, 6 de noviembre de 2017

Evan Osnos y Ezra Klein conversan sobre Corea del Norte

Dos de mis periodistas favoritos, Evan Osnos y Ezra Klein, conversan en este podcast sobre el problema de Corea del Norte (y otros). Osnos es un conocedor muy profundo de la cuestión, porque vivió en China muchos años y reportó sobre la política regional, y además porque ha estado en Corea del Norte y ha entrevistado a miembros de la élite norcoreana. De la conversación me quedan unas reflexiones:

* Una de las alternativas en este problema (tal vez la única posible en la práctica) es que se establezca un equilibrio disuasivo entre Estados Unidos y Corea del Norte, análogo (guardadas las diferencias) al que existió en la Guerra Fría: nadie dispara, porque ambos saben que disparar significaría su propia destrucción. Pero al parecer hay en Estados Unidos una fuerte resistencia a esta alternativa porque se le ve como una especie de derrota, como si hubieran sido doblegados por una pequeña nación necia y agresiva. Son esos prejuicios los que, en muchos casos, impiden las salidas negociadas o los equilibrios pragmáticos que evitarían el desencadenamiento de conflictos.

* Otro de los obstáculos a una solución de este tipo parece ser la obsesión con lo que en la entrevista llaman "big fix", la idea de que para la crisis debe haber una gran solución, una salida omnicomprehensiva que resuelva el problema de manera definitiva y en todas sus dimensiones. Este mito solo puede venir de la inexperiencia. Cualquiera que haya observado cómo se logran las soluciones en asuntos públicos, y cómo se mide el éxito en política, sabe bien que las soluciones óptimas son imposibles. De hecho lo son en cualquier ámbito, pero más en el ámbito de lo público, donde los resultados dependen también de las acciones y decisiones de otros, y de un sinnúmero de condiciones objetivas. En las palabras del escritor y estadista británico George Cornwall Lewis, cuando aconsejaba al joven Gladstone, "Gobernar es un asunto muy difícil: hay que contentarse con resultados muy insatisfactorios".


viernes, 3 de noviembre de 2017

Ya ni siquiera se molestan en negar las acusaciones

A tal punto ha llegado el descaro con la politiquería y la corrupción, que sus protagonistas, tanto en el Congreso como en el Gobierno, ya ni siquiera se molestan en desmentir las acusaciones de corrupción cuando estas emergen. Ya ni siquiera se toman el trabajo de decir que las acusaciones son falsas y defender su conducta. Y me refiero a la conducta institucional, no la personal (por ahí el descaro ya pasó hace rato): es decir, ni Gobierno, ni Congreso, ni los partidos políticos, son ya capaces de defender su honor y su conducta ante los señalamientos.

Dos casos:

1. Una senadora organiza un debate donde señala a un partido político de estar realizando alianzas en todas las regiones del país con los clanes politiqueros más cuestionados. Y departamento por departamento muestra nombres. Vinieron luego las intervenciones de los congresistas. Le dijeron que era una gritona, que los respetara, que esa no era la manera de hablar, etc. Nadie dijo que sus denuncias fueran falsas.

2. La nueva directora del Sena denuncia que se ha utilizado el presupuesto de la entidad, a través de multimillonarios contratos, para hacer politiquería y para favorecer económicamente a ciertas personas y grupos. Además de declararla insubsistente (es decir, echarla, ni siquiera pedirle la renuncia), el Gobierno, que debería responder por el modo como se maneja una de sus más grandes e importantes entidades, acusa a la funcionaria de no haber seguido el conducto regular de la denuncia, y el funcionario más directamente implicado, el secretario general de la presidencia, dice que ella ya sabía de esos contratos. Pero no niegan lo que dice. No dicen que lo denunciado sea falso. Y no lo pueden decir porque seguramente no tienen elementos para sostenerlo. Y porque este Gobierno, débil y postrado como pocos ante el hambre de los clanes políticos, no puede más que tolerar sus maniobras y dejarlas pasar.


miércoles, 18 de octubre de 2017

¿Le preocupa que las Farc lleguen al poder en 2022? Esto es lo que haría que eso suceda

Si a usted le preocupa que las Farc y sus aliados lleguen al poder, y empiecen a desarrollar en Colombia políticas similares a las de ese desastroso gobierno de Venezuela que ellos tanto admiran, pregúntese lo siguiente: ¿qué es lo que haría que los colombianos, eventualmente, opten por una alternativa política radical como esa? A mi parecer, son dos cosas:

1. Que el desprestigio del sistema actual y sus instituciones siga creciendo, y llegue a niveles ya intolerables.

2. Que la gente se convenza de que el sistema es incapaz de autorreformarse: que la solución no va a venir desde adentro.

La conjunción de estos dos factores fue lo que llevó a los venezolanos a optar por Chávez en 1999. De hecho, ya los había llevado a ver favorablemente su violenta tentativa de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992. Los venezolanos estaban hastiados de la corrupción en el gobierno, en el legislativo y en la justicia. Y se convencieron de que el sistema no se iba a reformar a sí mismo.

Un escenario así podría presentarse en Colombia en 2022. Ya los niveles de desaprobación de las instituciones están en niveles críticos y las alcanzan a todas: Congreso, Gobierno, y Justicia. Las altas cortes, que algunas vez fueron vistas con respeto, y fueron consideradas baluarte de dignidad, ya también revelaron una gran faceta corrupta, y han perdido la credibilidad. Usted, lector, podría replicar que las Farc también tiene alta desfavorabilidad: yo le pediría que no mire el número sino la tendencia: mientras la imagen desfavorable de las instituciones públicas va en aumento, la imagen desfavorable de las Farc ha venido cayendo desde junio de 2015, cuando estaba en 93%, y desde febrero de 2016 nunca volvió a estar por encima del 90% (Gallup Poll).

Solo nos queda un recurso, y es mostrar que el sistema puede autorreformarse. Por eso, creo y sigo creyendo que el verdadero "gobierno de transición" sería uno que exacerbe la descomposición y la corrupción institucional, y haga perder a los colombianos la fe en que desde adentro nos podemos reformar. Perdida esa fe, se le abrirá la puerta a las alternativas radicales. 

jueves, 5 de octubre de 2017

"Compromise": el arte de lo posible vs. lo ideal (en la política, en las relaciones humanas, en la acción individual)

El 22 de marzo de 1775, en la Cámara de los Comunes de Londres, un parlamentario pidió la palabra para hacer una propuesta y presentar los argumentos en su favor. El momento era de extrema tensión, pues el Imperio Británico enfrentaba un singular desafío: la insurrección de las colonias norteamericanas. Ante este tipo de hechos, los imperios suelen reaccionar instintivamente mediante el uso de su poder, empleando su fuerza para aplacar los ánimos rebeldes. Y se vuelve casi una herejía sugerir lo contrario. Pero ese día de marzo quien tomaba la palabra no era un parlamentario cualquiera: era Edmund Burke, quien pasaría a la historia como filósofo y pensador. Él se permitió la herejía: él se permitió sugerir un camino diferente al uso de la fuerza frente a la rebelión norteamericana. Propuso el camino del compromise.


Compromise es esa magnífica expresión del habla inglesa, rica a más no poder en significado, para la cual nos hace falta un equivalente en el español (así lo expliqué en una columna reciente). Y hace falta porque, pese a que en español tenemos expresiones que se aproximan a aspectos parciales de lo que significa compromise, ninguna de ellas alcanza su riqueza expresiva. Tal vez porque significa mucho más que un simple hecho, mucho más que una acción o el producto de ella. Lo que significa realmente es una filosofía de vida, una actitud frente a los problemas, en especial frente a aquellos que entrañan el conflicto entre valores diversos, o el eterno conflicto entre lo ideal y lo posible. Es, como dice John Carlin, “una actitud práctica y generosa frente a la vida”.


Podríamos decir, resumiendo un poco, que en sentido estricto la expresión compromise designa principalmente dos cosas. Como verbo, significa el acto, bilateral o colectivo, de solucionar un problema mediante un acuerdo cuya característica es que las partes deponen algunos de sus intereses. En el ámbito individual, también significa buscar una solución renunciando a parte de lo que son los intereses propios. Y como sustantivo, significa el acuerdo o la solución emanados de ese acto.


Pero como decíamos antes, la expresión encierra una sabiduría que va mucho más allá: es la sabiduría de lo posible, de lo práctico, de lo conveniente, y de la renuncia a lo ideal en pos de lo que es bueno y alcanzable. A nivel de sociedad, o a nivel de un grupo humano cualquiera, necesitamos hacer compromises para poder vivir juntos, pues la realidad de cualquier grupo humano es la diversidad de visiones y perspectivas sobre todos los temas. En las relaciones bilaterales, sean estas entre personas, entre Estados, entre organizaciones o entre empresas, la cooperación solo es posible si hay disposición, en cada una de las partes, a renunciar a su visión ideal de las cosas, para poder unir fuerzas con los demás en virtud de alcanzar logros u objetivos que, si bien pueden distar en algo del ideal originario, son sin embargo logros concretos y tangibles, benéficos para todos.


Pero este concepto, usualmente entendido en el ámbito de la política y las relaciones sociales, tiene también una poderosa relevancia en la esfera de la acción individual. Y la tiene por dos razones.


Primero, porque no es necesario ir al mundo de las relaciones sociales para encontrar diferencias, desacuerdos, conflictos entre valores, y divergencias entre perspectivas sobre cómo actuar. Ese mismo mundo, a veces caótico, lo encontramos dentro de cada individuo: dentro de mí hay multitudes, dice Walt Whitman. Cada ser humano siente y ha sentido cómo dentro de sí mismo se libran conflictos, no entre lo bueno y lo malo, no entre lo correcto y lo incorrecto, sino entre valores, visiones y perspectivas que son igualmente buenos pero no siempre compatibles. “Los valores fácilmente pueden chocar dentro del corazón de un individuo, y si así sucede, de ello no se sigue que unos sean verdaderos y otros falsos”, escribió el filósofo Isaiah Berlin. Y solo hay una manera posible de administrar ese constante enfrentamiento de valores, y es tomar decisiones; y cada decisión implica renunciar a algo, así sea parcialmente. Cada decisión implica un compromise.


Y segundo: porque con frecuencia, en nuestras acciones y en nuestros propósitos, los individuos nos vemos enfrentados al conflicto entre lo ideal y lo posible: entre la satisfacción absoluta e integral ( y seguramente inalcanzable) de un objetivo o un valor, o la renuncia a parte de él en virtud de alcanzar y consolidar logros que, si bien son imperfectos, son reales y tangibles. Y un acto de compromise, un acto de negociación consigo mismo, consiste en reconocer aspectos en los que podríamos ceder con respecto al ideal, para lograr un resultado que termine siendo, no solo beneficioso, sino concreto.


A un dilema similar pueden también enfrentarse las organizaciones y los gobiernos. Así, por ejemplo, para un imperio como el británico, el ideal en 1775 era la sumisión ininterrumpida e incuestionada de sus colonias: y ante un hecho de insurrección, el ideal era la restauración total de dicha sumisión. Pero hay un camino de sabiduría, y este no conduce a lo ideal sino a lo que es posible, concreto y bueno. Así, Edmund Burke, en ese discurso del 22 de marzo de 1775, propuso al Imperio Británico un camino de compromise: desistir de la pretensión de restaurar la sumisión absoluta, y buscar en cambio un entendimiento negociado con las colonias para que ellas siguieran haciendo parte del imperio, aun cuando en términos diferentes. Concediéndoles, por ejemplo, alivios en impuestos, y mayor participación en el gobierno. Renunciar al ideal en pos de un logro concreto: el de mantener una unión que era muy beneficiosa para Gran Bretaña.

Porque la sabiduría está en entender, como dijo Burke en aquel discurso, que “...todo provecho humano, toda virtud y todo acto prudente, se basan en el compromise y en el intercambio: balanceamos inconvenientes, damos y tomamos; renunciamos a algunos derechos para poder disfrutar de otros...”. A Burke no lo escucharon. Y resultado de ello fue el desastroso empeño del Imperio Británico por someter a los norteamericanos. Empeño que terminó en la declaración de independencia, la pérdida absoluta de las colonias, y el dolor de una fallida guerra de sometimiento.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Cuando me dicen que Trump sí es inteligente porque es billonario, contesto:

En diferentes ocasiones, cuando he cuestionado la inteligencia de Trump, o su capacidad como empresario, o su supuesta gran habilidad como negociador, me he encontrado con respuestas de este tenor: "¿Cómo se le ocurre, acaso no ve que Trump es billonario? ¿Cómo habría podido hacer esa fortuna si no fuera un inteligente empresario?", etc. La cuestión es que parece no haber tal gran fortuna.

Esto puede extrañar al lector, pues en Estados Unidos es usual conocer y revelar el monto de las fortunas de los ricos (a través de listas como las que hacen Forbes y Bloomberg). Pero en el caso de Trump hay una dificultad: sus empresas no están en la bolsa, y por tanto no están sujetas a las mismas obligaciones de revelar información a las que sí se someten Microsoft, Apple, Amazon, Facebook, etc. Y esto impide, además, hacer el más elemental de los cálculos: número de acciones (de su propia empresa) que posee la persona, por el valor de la acción en el mercado. En los casos de fortunas que no están en el mercado público, los periodistas y los investigadores tienen que recurrir a documentos privados y a testimonios, por lo cual el cálculo dependerá de que tan honestos son esos elementos.

En el caso de Trump, numerosos testimonios de conocedores de Wall Street vienen diciendo (desde los años ochenta) que él exagera su fortuna, y en particular, que tiene un muy elevado endeudamiento (cosa que él mismo tuvo que admitir hace unos 15 años).

Y al respecto hay una anécdota increíble:

En 2005, el periodista Timothy O'Brien publicó el libro TrumpNation, una investigación sobre la vida y los negocios del hoy Presidente. El libro dice muchas cosas muy graves sobre Trump, entre ellas que tuvo relaciones con la mafia. Pero decía además que Trump no era billonario como afirmaba, y que su verdadera fortuna oscilaba entre $150 millones y $250 millones de dólares. Trump demandó a O'Brien por difamación, no por las afirmaciones sobre sus negocios con la mafia, ni por aquellas sobre su vida marital, ni por muchas otras cosas graves que decía el libro, sino específicamente por decir que Trump no era billonario. Fue tal la ira de Trump, que pretendió una indemnización de $5.000 millones de dólares. Cuando en el juicio le preguntaron a Trump cómo hacía él para estimar el valor de su fortuna, dijo que con "feelings".

¿Cuál es la situación financiera actual de Trump? Nadie lo sabe. En los formatos de la campaña dijo tener una fortuna de $10.000 millones de dólares, cosa que, dados los antecedentes, nadie cree. Que Trump es adinerado, nadie lo duda: heredó una fortuna considerable de su padre, un rico empresario inmobiliario. Cómo haya administrado tal herencia es otra cosa (tal vez sería mucho más rico si simplemente hubiera metido su herencia a un fondo indexado). Yo me sigo sosteniendo en que no me parece ni inteligente, ni un maestro de la negociación (no se le ha visto esa habilidad), ni un gran empresario (quebró un casino, cosa que es casi una imposibilidad matemática).

domingo, 23 de julio de 2017

"Postverdad" en el año 64 AD: para quienes repiten el simplismo de que estamos en la era de la "postverdad"

Todos los días se oye repetir la tontería facilista aquella según la cual vivimos en la era de la "postverdad" en política, cosa  que muchos reciben como dogma solo porque lo dijo The Economist.

Como escribí aquí hace seis meses, la mentira y su uso estratégico son parte central de la política humana desde los tiempos antiguos. Tal vez lo único que haya cambiado es su velocidad potencial de expansión, gracias a la tecnología. 

Candida Moss, profesora de Notre Dame dedicada a investigar la cristiandad primigenia, y autora del libro El Mito de la Persecución, trae un fascinante ejemplo (para nada único) del uso de mentiras con un objetivo político o propagandístico, en este caso del año 64 de la era cristiana. Se puede leer aquí

lunes, 26 de junio de 2017

Pericles el expansionista fiscal, según Plutarco

No son nuevas las políticas de estímulo económico a través del gasto público, de la expansión fiscal, y al parecer su mecánica se conoce desde la antigüedad.

Plutarco, el gran biógrafo griego del siglo I, dice lo siguiente en su biografía de Pericles:

"Más aún, él [Pericles] argumentaba que, tan pronto la ciudad ha provisto adecuadamente sus necesidades militares, debe utilizar los excedentes que ha acumulado en iniciativas que, al estar completadas, traerán a la ciudad gloria eterna, y mientras se desarrollan traerán prosperidad inmediata, en cuanto generarán todo tipo de trabajos y una amplia serie de requerimientos, los cuales, al estimular todas las artes y los oficios, y al poner todas las manos en movimiento, ponen a casi toda la ciudad a recibir salarios, de modo que la ciudad, al tiempo que se embellece, se mantiene gracias a sus propios recursos". 

Cita de Greek Lives, Oxford World Classics, p. 155 [12].