jueves, 18 de marzo de 2010

Desastre electoral

Calificar de desastre a lo ocurrido con el conteo, escrutinio y cómputo de las votaciones del pasado domingo sería tal vez utilizar una expresión muy suave. Sin duda es un desastre, pero lo es en modo agravado. Agravado, primero, por sus posibles consecuencias: está en juego la credibilidad del sistema electoral, de la cual, a su vez, depende en buena medida la legitimidad de quienes ocupen los cargos provistos mediante esa elección; nada conviene más a un país que tener autoridades cuya elección no se cuestione, así sus actuaciones en sus cargos sí sean objeto de crítica. El desastre es también agravado por la cronología de su ocurrencia: es inadmisible que semejante cosa ocurra en una era donde los instrumentos informáticos permiten realizar tareas incluso mucho más complejas, con la mayor eficiencia y con la mayor rapidez. Advierto que, a menos que la empresa encargada suministre pruebas irrefutables en apoyo de su alegato, a saber, que fue víctima de hackers concertados para sabotear el proceso, será inevitable pensar que dicho alegato no es más que una excusa para cubrir su radical incompetencia.

Por supuesto creo que el Registrador debe abandonar su cargo, y debe hacerlo por la puerta trasera, pero sólo cuando todo este proceso haya culminado. No hay más remedio: falló en la que tal vez es su mayor responsabilidad, el más crucial de sus deberes, del cual dependen la confiabilidad y la credibilidad de nuestro régimen político.

En vista de la gravedad de la situación, todas las autoridades deben concentrarse en la superación de ésta, y en cooperar el lo que les sea posible para tal cosa. En nada contribuye el Gobierno Nacional cuando concentra su atención en atacar a la persona del Registrador, por hechos, además, que si bien tienen importancia, son secundarios frente a la profundidad de la emergencia (como el presunto consumo de licor en la noche del conteo). Es inevitable pensar que tales ataques están motivados por los obstáculos que el Registrador, en lo que le competía, puso al referendo de reelección.

Y por favor: ni una palabra más que sugiera la alteración de la normalidad constitucional, como la insistente sugerencia de que no hay “garantías” para realizar la elección presidencial, o el uso del vocablo “hecatombe”, concepto al cual el propio presidente Uribe había condicionado su voluntad de permanecer en el poder por otro período.

No hay comentarios:

Publicar un comentario