lunes, 24 de mayo de 2010

Cómo han cambiado mis opiniones sobre Mockus (y por qué no puedo votar por Santos)

Empiezo con una confesión: ayer domingo tenía la intención de escribir unas líneas para este blog, cuyo propósito era el de explicar por qué no voy a votar ni por Santos ni por Mockus en la primera vuelta. Después de leer la entrevista que Yamid Amat hizo a Mockus, publicada ayer en El Tiempo, desistí de escribir esa nota, sobre cuyo contenido había meditado largos días. No porque mi decisión de voto haya cambiado –aún pienso votar por Germán Vargas Lleras, a quien considero de lejos el mejor candidato—, sino porque la lectura de dicha entrevista me ha obligado a replantear mis opiniones sobre Mockus.

No he cambiado de opinión acerca de Santos: aun cuando admiro su inteligencia, aun cuando respeto su preparación, y aun cuando no tengo duda de que, si sólo de él dependiera, sus programas de gobierno serían ejemplares, encuentro totalmente imposible votar por un candidato cuya campaña se compone en su mayoría de clientelistas, de contratistas del Estado, de tránsfugas, y de ideólogos de la extrema derecha. Si lo que Santos ofrece fuera un gobierno suyo, suyo y de algunos brillantes expertos que lo acompañan (como Juan Carlos Echeverry y Mauricio Santamaría), yo estaría dispuesto a considerar la opción de votar por él. Pero lo que nos está ofreciendo es, por el contrario, el gobierno de la clase política clientelista, de los trásfugas profesionales y de los contratistas del Estado: sería el gobierno de Roy Barreras, de Rodrigo Rivera, de las Dilian, los Name, y toda la maquinaria clientelista de la U; sería además el gobierno de los contratistas del Estado. Y todos estos, clientelistas, trásfugas y contratistas, tienen algo en común: ninguno de ellos se mueve por ánimos de patria; todos esperan su ración del erario público; todos, al acudir a las reuniones de campaña, parecen sentados, tenedor y cuchillo en mano, en una mesa donde esperan disfrutar de su plato en el banquete de la riqueza nacional. Añádase a esto la innecesaria inclusión en la campaña de ideólogos de la extrema derecha, cuya bandera es la supuesta necesidad de preservar el legado de un presidente a quien ellos reverencian como si fuese un Kant o un Aristóteles. Todo esto impulsado con el vehículo de la propaganda sucia y engañosa. Por estas razones, encuentro imposible siquiera considerar la posibilidad de votar por Santos.

La entrevista de ayer me ha obligado a replantear lo que pensaba escribir sobre Mockus. Pensaba decir que, tras haberlo observado durante varias semanas —y haber hecho tal cosa con entusiasmo—, había llegado a la conclusión de que Mockus carecía de preparación para gobernar. Me preocupaba en particular la ignorancia que solía exhibir acerca de los temas nacionales, y su costumbre de cubrir esa ignorancia con el recurso al razonamiento moral y a la pedagogía. Se le veía siempre muy despistado cuando se le interrogaba sobre asuntos de gobierno del nivel nacional, cosa que atribuí al menos en parte a que, con la sola excepción de Noemí Sanín, Mockus es el único candidato que no había ocupado posiciones en el nivel nacional: no había estado en el Congreso ni en la administración pública, y por tanto carecía de familiaridad con los problemas que tendría que enfrentar luego como presidente. Y debo confesar que me molestaba profundamente el ya mencionado recurso a lo moral y a lo pedagógico. Por un lado, no es cierto que todos los problemas de un país puedan resolverse con educación. De hecho, incluso si eso fuera cierto, habría que ser conscientes de que la educación produce sus resultados en el largo plazo, y Mockus parecía no tener ni la más mínima idea de cómo iba a enfrentar las urgencias de corto plazo. Por otro lado, y por razones que son muy largas para exponer aquí, sigo pensando que el método de enfocar todos los problemas políticos como problemas morales es profundamente erróneo, y puede conducir a pésimas decisiones de gobierno.

Pero bien: después de la entrevista de ayer, me veo obligado a modificar uno de esos juicios. Mockus respondió a las preguntas de Yamid Amat con lucidez, y exhibiendo ya un dominio de los temas nacionales que no había mostrado antes. Es más: algunas de sus respuestas son dignas de destacar por su brillantez y por su acierto. Cabe decir que no había oído yo nada similar en ninguno de nuestros pasados gobernantes o candidatos. Al menos no con este grado de énfasis y convicción. Veo a Mockus especialmente acertado en asuntos fiscales y económicos. Su mención del famoso libro de Cass Sunstein y Stephen Holmes (El costo de los derechos) muestra que ha estado llenándose de buenas ideas. Los planteamientos que expresa sobre reforma tributaria son acertados y realistas. Y ni qué decir de su respuesta a la pregunta por Isagen, tema en el cual todos los demás candidatos han ofrecido ideas mediocres y acomodaticias: como dice Mockus, no es misión del Estado tener empresas.

Sigo considerando que su opinión sobre el ataque al campamento de Raúl Reyes es errada, como errado es su análisis de la presencia de las FARC en Venezuela. En ambos casos, creo que la equivocación surge del ya mencionado enfoque moral con el cual Mockus parece querer ver todos los asuntos públicos. Y en ambos casos, el error que tal enfoque arroja es evidencia de sus propias limitaciones. Pero bien, hecha esta salvedad, sea la ocasión para celebrar la presencia de un Mockus más enterado de los asuntos nacionales, y más capaz de tomar ante ellos posiciones concretas.

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