lunes, 10 de octubre de 2011

El liderazgo de Juan Manuel Santos

EL LIDERAZGO DE JUAN MANUEL SANTOS: Yo, como muchos otros comentaristas, incluso algunos que son afectos al actual gobierno, sentí una profunda frustración con el desenlace de la reforma a la Justicia. La frustración, debo aclararlo, no obedece a que yo simpatizase mucho con el proyecto original: como la mayoría de “reformas” a la Justicia, no era más que un proyecto de pequeños ajustes, el cual dejaba vivos los verdaderos problemas de la justicia, si se le entiende como debe ser, como un servicio público: las insoportables demoras, los trámites, el papeleo, la obsolescencia de los procedimientos, la corrupción, y en general, todo aquello que hace que, cuando un ciudadano busque a la Justicia para solucionar sus conflictos, deba soportar años, décadas a veces, de horrendos trámites, registrados en polvorientos expedientes. Mi frustración surge de constatar la asombrosa facilidad con la cual el gobierno, encabezado por el Presidente, cedió, retrocedió, bajó sus banderas, y dio el brazo a torcer, tan pronto la fuerza del poder establecido, representado en las altas cortes, le planteó un serio desafío con un proyecto alternativo. Dicho proyecto, ante todo, apuntaba a mantener y a engrandecer los privilegios de los que hoy gozan las altas cortes, los cuales el país debe soportar, sin que a cambio obtenga buena administración de justicia. Entristece ver que ni siquiera el retroceso del gobierno fue epílogo de una confrontación, de un debate, en el cual defendiese su proyecto. Bastó que el Consejo de Estado mostrara la espada en nombre de la oligarquía judicial, para que el gobierno retrocediese como un manso corderito, y llegase incluso a rendirse en iniciativas tan reclamadas por la sociedad, como la eliminación del Consejo Superior de la Judicatura, o su reforma radical. De nuevo, con este hecho, el cual se suma ya a otros tantos, la voluntad de liderazgo del presidente Santos queda puesta en duda: no se le ve disposición para tomar decisiones difíciles, y con gran facilidad retrocede ante los desafíos que se le plantean. El caso del paro camionero de febrero pasado fue uno de los primeros anuncios: en aquel caso el Presidente toleró durante varios días una protesta que recurrió a vías de hecho (bloqueos de carreteras, e incluso de las calles de Bogotá), y luego cedió a las peticiones de quienes la organizaron.

EL ARTE DE LA POLÍTICA: El día en que se anunció la rápida capitulación del gobierno en el tema de la Justicia, el presidente Santos defendió su decisión en un acto público. Dijo allí que “ese es el arte de la política”, es decir, el logro de consensos y de acuerdos. Eso es sólo parcialmente cierto: hay circunstancias en las cuales el verdadero arte de la política es el de tomar decisiones difíciles, de aquellas que van a suscitar rechazo, pero que son necesarias para superar grandes dificultades. A mí no me cabe la menor duda de que el problema de la Justicia en Colombia muestra esas características. Y ante ellas, añorábamos un mandatario que tuviese la voluntad de proponer grandes soluciones, y de defenderlas con valor. Y en especial, habríamos deseado ver aquella manifestación de liderazgo por excelencia, la cual consiste en enfrentarse a quienes se oponen a las reformas porque ellas lesionan sus privilegios. En los grandes líderes políticos, en los que logran grandes transformaciones, esa voluntad es indispensable. Por el contrario, los contemporizadores, aquellos que no desearían más que evadir cómodamente el enfrentamiento dialéctico y político, hacen que la sociedad pague esa comodidad con la perpetuación de sus problemas. Santos no sólo eligió ese camino: aceptó, además, la fatal idea de que las reformas han de contar con la aprobación previa de quienes serán objeto de ellas. Por ese camino no se llega más que a la consolidación de los privilegios y a la postergación eterna de las soluciones.

SACRIFICIOS EN POS DEL PORVENIR: Y hablando de liderazgo, y de los sacrificios que en ocasiones este entraña, debo compartir con los lectores una nota que acabo de ver en el programa GPS de Fareed Zakaria. Éste recordaba las palabras de Daniel Bell, un destacadísimo sociólogo, para quien las sociedades que habían logrado el desarrollo tenían una característica cultural: la “postergación de la gratificación”. Sociedades, en pocas palabras, que preferían la austeridad y la prudencia, en virtud de construir y mantener cimientos sólidos para su bienestar. Ello se manifestaba en las altas tasas de ahorro de los hogares, sus bajas tasas de endeudamiento, y la cultura del trabajo duro. La sociedad norteamericana actual, y sin duda algunas de las europeas, parecen guiadas por el principio contrario. No parecerían querer más que gratificación inmediata, incluso si esta excede sus posibilidades. Zakaria mostró cifras asombrosas: a mediados de los años cincuenta, la tasa de endeudamiento de los hogares noretamericanos estaba alrededor del 34 por ciento. Hoy está en el 115 por ciento. Y ni hablar de aquellos países europeos, donde la ciudadanía simplemente espera que su bienestar provenga del Estado y que ello se haga con el menor esfuerzo social posible.

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