lunes, 21 de noviembre de 2011

Una legalización inteligente

UNA LEGALIZACIÓN INTELIGENTE I: Ya era hora de que Colombia hiciera algún pronunciamiento sobre la llamada “guerra contra las drogas”. Y de que lo hiciera de manera oficial: que lo hicieran sus autoridades mientras están en ejercicio (me refiero por supuesto a las afirmaciones del presidente Santos hechas a finales de la semana pasada). Claro, no es la primera vez que un líder colombiano hace un llamado a que se examine esta absurda y contraproducente política: con vehemencia lo hizo varias veces Álvaro Gómez, como convicción personal. De manera muy tímida lo ha hecho César Gaviria, pero ya como ex presidente: y sus declaraciones son tan extraordinariamente confusas, que es en verdad difícil entender cuál es el camino práctico que ellas señalan. Al parecer sería sólo la legalización de la marihuana, cosa que, a decir verdad, nos deja más o menos en la misma situación en la que estamos. Concuerdo con el ex presidente Gaviria en que no estamos frente a un tema simple, y que el grito de “¡Legalización!” deja abiertos muchos problemas prácticos. Pero los inmensos daños que produce el mercado ilegal de drogas tampoco van a resolverse con la simple despenalización de la marihuana, y con el cambio de enfoque en el tratamiento hacia el consumidor.

UNA LEGALIZACIÓN INTELIGENTE II: No suscribo la ilusoria tesis de que, tras una legalización de las drogas, habrá una resolución armónica de todos los problemas relacionados con ellas. En particular, un escenario así nos pondría frente a un nuevo desafío: la posibilidad de que aumenten el consumo y las adicciones, y de que éstos aparezcan en formas hasta ahora no previstas. Por otra parte, aun cuando me inclino por la tesis liberal, según la cual los individuos deben ser libres para hacer con sus vidas lo que a bien tengan, creo que hay casos excepcionales, casos que están en el límite, como los de ciertas drogas que por su composición química conduzcan a la adicción de manera casi inevitable, y por supuesto, el caso de los jóvenes y de los menores. En estas dos circunstancias encontramos una excepción a la premisa liberal: es una premisa de soberanía de la voluntad, que se ve matizada, en el primer caso, por un factor neuroquímico que perturba la capacidad volitiva, y en el segundo, por lo que en términos normales consideraríamos un desarrollo insuficiente de la voluntad.

UNA LEGALIZACIÓN INTELIGENTE III: Repito: no soy un idealista de la legalización, y estoy consciente de que con ella vendrían ciertos problemas. Pero cuando los comparo con los gigantescos males que ha causado la prohibición, y con el carácter desmesurado e incontrolable que éstos parecen tener, creo que la sabiduría práctica señala que el camino correcto es abandonar esta absurda lucha, y poner todos nuestros esfuerzos en atender los problemas que vendrían con una legalización inteligente. Con este adjetivo quiero decir que no es cuestión simplemente de abrir las compuertas: el cambio tendrá que venir acompañado con regulaciones muy cuidadosas y políticas de atención bien diseñadas. Pero en todo caso, la decisión que se tome, si en verdad ha de tener efectos provechosos para todos los países involucrados, deberá tener como núcleo la despenalización de la demanda en los países consumidores, paso tras el cual podrá venir la despenalización de la oferta. Ninguna utilidad tendría el cambio si no incluye a la cocaína, la droga cuya prohibición ha llenado a América Latina de mafias, de gobiernos corruptos, de funcionarios comprados, de violencia, de armas, de miles de miles de muertos. Como en su momento vio con claridad John D. Rockefeller, millonario y santurrón que promovió la prohibición del alcohol en Estados Unidos, la degeneración social causada por dicha ley resultó mucho mayor que aquella causada por el licor: a mí no me cabe duda de que, cualquiera fuese el impacto de unas drogas legalizadas y controladas, ha de ser menor a este infierno de sangre, muerte, consumo clandestino, guerras, y corrupción. Al igual que ocurrió con la prohibición del licor, la prohibición de las drogas no ha detenido el consumo. Pero nos ha legado la tragedia que Colombia vive desde hace treinta años, y que otros países de la región han empezado a vivir. Países que además viven el drama continuo de ganar, a un costo muy alto en vidas y en recursos, batallas particulares contra organizaciones específicas de tráfico de drogas, sin que ello signifique que ganemos la guerra: a las organizaciones derrotadas rápidamente las reemplazan otras, así como tras cada captura o extradición nuevos capos ocupan el lugar de los que salen. Incluso si un país lograse ganar en su territorio la guerra total contra el narcotráfico (cosa que me permito dudar) su lugar en la división internacional del negocio sería asumido por otro. La prohibición ha creado una monstruosa hydra de nunca acabar, que aparenta ser invencible como un todo.

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