martes, 22 de septiembre de 2015

Cómo entender de manera realista las relaciones entre Colombia y Venezuela (y entender mejor sus desenlaces)

Mientras que a buena parte de la opinión pública le pareció pobre y decepcionante el resultado de la reunión en Quito, mi concepto es por el contrario favorable. Esta diferencia de opinión se explica, en parte, por el hecho de que, al parecer, existía en sectores de la opinión la expectativa de que la reunión culminara en un reclamo o incluso en una condena a Venezuela. Naturalmente ello no iba a ser así, por la naturaleza de la misma.

Pero hay otra razón por la cual, pese a que de hecho lo acordado no es muy ambicioso, yo considero favorable ese resultado: porque parto de la base de que las relaciones entre Colombia y Venezuela son estructuralmente malas, y por ello acuerdos como éste son de lo mejor que se puede alcanzar, dado el estado natural de esas relaciones.

Explico. Desde hace ya varios años, las relaciones entre Colombia y Venezuela entraron en una fase en la cual su estado natural, su condición estructural y básica, no es la de un vínculo cercano y amistoso, sino el de unas relaciones en las cuales hay distancia, tensión, y a veces choque. Matizado esto último por la condición de vecinos, la cual obliga a los países a tener más relaciones de las que ellos quisieran. Colombia y Venezuela hace ya rato no son vecinos cordiales: son dos países cuyas diferencias son enormes, pero que se ven forzados a una constante relación por estar ubicados uno al lado del otro.

Enumero algunas de las circunstancias que hacen que el estado básico, natural y estructural de las relaciones con Venezuela sea la distancia y el ocasional choque:

 • Ambos países siguen orientaciones ideológicas no sólo diferentes sino enfrentadas.

 • Ambos países aspiran, en mayor o menor grado, a construir bloques de cooperación marcados por la similitud ideológica o de orientación en la política pública. Venezuela lo ha hecho con el Alba, Colombia con su alianza pacífica con México, Perú y Chile.

 • Ambos países, en menor o mayor grado, aspiran o han aspirado a que su visión ideológica se extienda por otros países de la región (ocasionalmente en los mismos, con inevitables choques).

• Ambos gobiernos sospechan, con mayor o menor grado de razón, que su vecino realiza operaciones secretas y encubiertas en su territorio.

 • Durante varios años, el gobierno de Venezuela brindó apoyo explícito a los grupos de guerrilla en Colombia. Por su parte, el gobierno de Venezuela sospecha que desde Colombia se conspira contra su régimen.

 • Los lazos económicos entre ambos países se han reducido a su mínimo histórico. El comercio ya no es un incentivo para el mantenimiento de buenas relaciones.

 • Las distorsiones de la economía venezolana hacen casi inevitable el contrabando hacia Colombia, en especial de gasolina.

 • Ambos países sostienen una diferencia de límites que viene de décadas atrás.

 Por todo lo anterior, una visión realista de las relaciones entre Colombia y Venezuela no es la de la buena vecindad y la cooperación fluida. Es la de una cooperación funcional, ocasional y específica. Cooperación que bien puede ocurrir en el contexto de las distancias y los enfrentamientos antes señalados. Para poner un ejemplo de mayor dimensión, piénsese en el acuerdo nuclear que firmaron Irán y Estados Unidos (como parte de una coalición de más países). Es un caso de cooperación funcional, referido a un tema específico de gran importancia y de consecuencias concretas, entre países que se siguen enfrentando en muchos otros terrenos. Con la tinta aún fresca sobre el acuerdo, el Líder Supremo de Irán Ayatollah Khamenei dijo en televisión que "Estados Unidos seguirá siendo el Gran Satán”, y desde Estados Unidos se ha aclarado que se sigue considerando a Irán un patrocinador del terrorismo.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario