martes, 29 de noviembre de 2016

La refrendación en el Congreso producirá una paz débil y vulnerable

La refrendación en el Congreso de los acuerdos de paz resolverá solamente un problema, el problema jurídico, y dejará vivo el problema político: la legitimidad y la credibilidad ciudadana en el acuerdo de paz. Y de hecho, el problema jurídico sólo se resolvería del todo si la Corte Constitucional, en el fallo que deberá producir próximamente, acepta que pueda haber refrendación vía Congreso, y no exige un procedimiento participativo directo (es decir, otro plebiscito).

Se resolvería el problema jurídico, porque las partes podrían considerar formalmente refrendado el acuerdo y proceder a su implementación. Y también porque, si el fallo de la Corte es favorable a la interpretación del Gobierno, los acuerdos pueden empezar a implementarse mediante las facultades especiales concedidas al Presidente, y mediante el trámite de leyes por un procedimiento expedito especial (el famoso fast track).

Pero quedaría vivo el más importante de los problemas: el de que, tras el resultado del plebiscito, es evidente que un sector muy sustancial de la población Colombiana no acepta el acuerdo. Y pese al esfuerzo del gobierno, no creo que la gente perciba una diferencia esencial entre el primer acuerdo y el segundo, como para considerarlos cosas diferentes. Creo que la mayoría de gente ve el nuevo acuerdo como una versión ligeramente modificada del original.

Además de esto -y debo decirlo, con justa razón- es difícil aceptar que aquello que fue rechazado mediante un plebiscito pueda revivir por una vía diferente, o al menos sin pasar por un examen similar (y lo digo yo, que soy partidario de los acuerdos). Le oí decir en un debate a Nick Clegg, ex vice primer ministro británico, que la única manera de cambiar la decisión del Brexit sería mediante otro referendo, pues lo que fue rechazado en las urnas sólo puede revivir en ellas (y lo dice él, que fue duro opositor de Brexit).

Por lo anterior, Colombia se embarcaría en la implementación de un acuerdo de paz que no gozaría de aceptabilidad y credibilidad general. Una gran parte de la población sentirá que el acuerdo fue introducido por la puerta de atrás y que su voluntad fue desconocida. Esa es una base política muy débil para construir una paz estable y duradera.

Y la verdadera refrendación de los acuerdos se trasladaría, así, a las elecciones presidenciales de 2018, que se convertirían en una especie de nuevo plebiscito. Una especie de batalla final en la que se enfrentarían, en coalición, las fuerzas que se oponen a los acuerdos contra aquellas que los apoyan. Y de este modo, algo tan importante como la paz del país pasaría a depender de aquellos factores accidentales que suelen influir en las elecciones presidenciales, como la popularidad del gobierno de turno, el carisma personal de los candidatos, y la disponibilidad de "mermelada" para poner al clientelismo regional a marchar.

Un nuevo plebiscito es riesgoso y es costoso. Pero sólo este mecanismo podría producir una paz duradera. Un resultado que le convenga a Colombia, y no solamente al presidente Santos. Unos acuerdos que sean sostenibles en el mediano y largo plazo.

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