miércoles, 21 de diciembre de 2016

Ya estoy hasta la coronilla con el simplismo de la "post-verdad"

Ya estoy hasta la coronilla con el cuento ese de la "política de la post-verdad", que se volvió el recurso más simplista y facilista para explicar los cambios que hemos visto en varias democracias recientemente.

Es, para empezar, falso que esta época se distinga de las anteriores por el uso y el abuso de la mentira en la política. En esta época las mentiras tienen mayor difusión gracias a la tecnología, pero la calumnia y la falsedad han sido arma por excelencia de la contienda política desde que ella es democrática (en unas sociedades más que en otras, por supuesto). Antes lo eran la espada, la daga y el veneno.

Basta leer Founding Brothers de Joseph Ellis para observar cómo, incluso en la época de los padres fundadores de los Estados Unidos, cuando todavía no existían campañas políticas en el sentido organizado que tenemos hoy, los panfletos llenos de mentiras sobre los políticos y los candidatos eran la regla general. Mentiras, además, extravagantes y colosales. Examinen cómo se hacían las campañas para el parlamento británico en los siglos XVIII y XIX: la mentira era el compañero usual de la compra de votos en los "burgos podridos". Antes del supuesto advenimiento de la "post-verdad", los taxistas en Bogotá sostenían que los dueños de Transmilenio eran Peñalosa, Mockus y Pastrana (fuese juntos o por separado).

Pero en segundo lugar, apegarse a este simplismo de la "post-verdad" hace que se ignoren las verdaderas causas que subyacen a lo que pasó en 2016. ¿En verdad alguien cree que Brexit, Trump y el "no" colombiano ganaron únicamente porque dijeron y usaron mentiras? Claro, no debe tener nada que ver, en el caso de Brexit, el hecho de que un sector significativo de la población no se sintiera identificada con los valores y beneficios de la UE, que se considerase perdedora en la economía europeizada, y temiera además la pérdida de identidad cultural, étnica y nacional por causa de la migración. Seguro no tuvo nada que ver, en el caso de Trump, la ansiedad de amplios sectores de clase trabajadora por la progresiva pérdida de su modo de vida, que es el mismo del cual gozaron sus padres y abuelos, y con el cual se había venido a identificar el ideal de los Estados Unidos (y que en ello, claro, se incubaran elementos de odio racial). Y seguro no tuvo nada que ver, en el caso de Colombia, que un sector significativo de la población se sintiera insatisfecha con aspectos particulares de los acuerdos de paz, o que considerara que ellos eran extremadamente generosos con la guerrilla, o que por esa vía pudiésemos llegar a una situación como la de Venezuela (lo cual es si acaso una interpretación errónea, pero no tendría yo la arrogancia de calificarla de mentira).

Yo no suscribo ninguna de esas tesis, pero no puedo ignorar su importancia causal en la producción de los tres resultados: Brexit, Trump y el no. Y es probable que los fenómenos subyacentes sean incluso más complejos. Despachar el asunto repitiendo la letanía nostálgica de la "post-verdad" es cerrar las puertas al entendimiento, y privarnos por tanto de los elementos necesarios para construir una reacción adecuada a lo que ha ocurrido.

(Nota al lector: si su única objeción es que la "post-verdad" es un concepto que salió en la revista The Economist, le recomiendo que empiece a pensar por sí mismo; nunca es tarde).

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