martes, 30 de mayo de 2017

Por qué escribí que los liberales nos equivocamos

Escribí un tweet sobre el cual varios amigos me han pedido explicación. Breve incluso para Twitter, decía: "Los liberales estábamos equivocados, y MacIntyre tenía razón". Y lo escribí como producto suelto de una reflexión que cada vez me viene más a la mente.

El nombre que allí menciono es el de Alasdair MacIntyre, filósofo escocés, autor de libros como Tras la virtud. Pero en realidad no estaba pensando sólo en él: lo mencioné tal vez como ejemplo de una serie de pensadores que, en las últimas décadas, han señalado que la concepción liberal e individualista de la sociedad y el Estado no sirve para fundamentar la construcción de una sociedad sólida y capaz.

El liberalismo es muy fuerte, casi imbatible, cuando está en su terreno, es decir cuando se ubica en un marco formado por dos cuestiones. Primero, la de qué relación debe haber entre el poder y los individuos. Y segundo, la de cuál debe ser el orden político que gobierne a una sociedad donde hay pluralidad de visiones de las cosas (incluso a nivel individual). Allí el liberalismo responde, primero, con el imperativo de que los individuos sean protegidos del poder, de sus abusos y de sus manifestaciones enfermizas. Y segundo, responde con el imperativo de que el sistema sea lo suficientemente abierto y tolerante como para que en él puedan convivir todas las diferentes visiones de la vida y de lo bueno.

Hasta allí, insisto, sigo encontrando que el liberalismo es casi imbatible. Pero el mundo de lo social y lo político no se agota en esas dos preguntas, y hay una en particular que se queda sin respuesta, y es la de cómo se construye una sociedad capaz de asumir desafíos colectivos, capaz de alcanzar logros colectivos, y capaz de sostener su propia cohesión.

El liberalismo suele eludir estos temas apelando a la propia delimitación de su alcance: "esto no es tema mío, esto no es un tema político sino social, familiar, educativo, etc". Yo intuyo que la realidad es otra: que el liberalismo elude estas cuestiones porque teme profundamente a todo aquello que suene a esfuerzo colectivo; y lo hace por una cierta paranoia: la de presumir que en todo aquello que sea colectivo hay un potencial de abuso de poder y de supresión de la individualidad (hay quienes lo ven como inevitable e inexorable).

Hoy por hoy yo, que fui una especie de radical individualista y liberal, hoy estoy convencido de que ninguna sociedad vive solamente de libertades: ser una sociedad libre no es un atributo suficiente para ser una buena sociedad (aunque sí necesario). Las libertades son esenciales, y no hay que ahorrar un solo esfuerzo para promoverlas y protegerlas. Las libertades hacen justa a una sociedad, pero no la van a hacer capaz ni sólida. Hace falta algo más, y pareciera como si a mis propias manos, tan acostumbradas a escribir en favor del liberalismo, les costara trabajo decirlo: hacen falta virtudes sociales. Puede haber una sociedad de individuos libres, suficientemente protegidos del abuso de poder, y respetados en su diversidad; pero si ello no se complementa con el cultivo permanente de virtudes, la sociedad será infértil, no producirá nada ni logrará nada. El idea de una sociedad comercial, tan apreciado por los liberales (por atributos ciertos como la libertad y la paz) bien puede ser una sociedad sin logros. Y peor aún, es una sociedad en constante peligro de virar hacia expresiones vulgares o extremas en la política, porque la mera posesión de libertades ni siquiera es suficiente para satisfacer los apetitos de la vida política individual.

El gran desastre que es Donald Trump, por ejemplo, me parece indicativo de que en esto fracasó la sociedad norteamericana. Semejante degradación del aparato político, la cual no sabemos aún si es reversible o no, es indicativa de un proceso anterior de erosión de la virtud social. No me parece extraño que en una sociedad donde, por regla general, la vida consiste en comprar cosas baratas, ver pésima televisión, comer comida chatarra, trabajar sin mayor ánimo, y jamás de los jamases leer un libro, o ver una buena película, o interesarse por el arte o por la música; no me extraña, digo, que un fenómeno como el de Trump emerja de esa sociedad. No me extraña que el fenómeno Trump emerja en la misma sociedad en la que triunfó Kim Kardashian. No me extraña que el fenómeno Trump surja en una sociedad donde la gran mayoría ignora lo mínimo acerca del mundo, y muchos ni siquiera logran ubicar su propio estado en un mapa.


1 comentario:

  1. Muy bien Andres, la pregunta es cuales son las virtudes sociales que se deben promover? quienes las escogen y como se validan? Para algunos una virtud social es el matrimonio entendido como la union de un hombre y una mujer, y cualquier concepcion por fuera de ello se sale de una concepcion virtuosa de la sociedad. Muy importante tu analisis, aunque la caricatura del ultimo parrafo no cuadra con el buen analisis de los parrafos anteriores.

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